El glioblastoma multiforme (GBM) es el tumor maligno primario más agresivo del sistema nervioso central. Representa el 14,5 % de todos los tumores del SNC y cerca de la mitad de los tumores malignos de esta localización. A pesar de los tratamientos estándar —resección quirúrgica, radioterapia y quimioterapia con temozolomida—, la supervivencia media apenas alcanza los 12–18 meses, y menos del 10 % de los pacientes supera los 5 años de supervivencia. Este escenario refleja la necesidad urgente de nuevas estrategias complementarias. Si buscas orientación profesional sobre nutrición clínica, puedes consultar todos los servicios disponibles como nutricionista en Santiago de Compostela.
Uno de los enfoques que ha despertado interés es la terapia metabólica basada en la dieta cetogénica, apoyada en la teoría de Warburg: las células tumorales dependen más de la glucólisis que del metabolismo mitocondrial y no pueden utilizar los cuerpos cetónicos con la misma eficacia que las células sanas del cerebro. Esta aparente vulnerabilidad metabólica ha impulsado el estudio de dietas muy bajas en carbohidratos como posible apoyo terapéutico.
Limitaciones de la teoría metabólica
Sin embargo, el panorama es más complejo. Varios estudios han demostrado que algunas células de glioblastoma también pueden oxidar ácidos grasos y utilizar cuerpos cetónicos. Además, el GBM presenta múltiples subtipos moleculares y gran heterogeneidad intratumoral, lo que implica respuestas metabólicas diversas. Las zonas hipóxicas del tumor pueden alterar aún más la capacidad de utilizar glucosa según el efecto Warburg. Para quienes necesiten integrar estos conceptos en un plan personalizado sin desplazarse, puede resultar útil el acompañamiento de un nutricionista online.
Métodos del estudio
Se realizó un estudio prospectivo con 18 pacientes diagnosticados entre 2016 y 2021, con seguimiento hasta 2024. Tras una evaluación clínica inicial —perfil lipídico, glucosa, cetonemia—, se inició una dieta cetogénica individualizada. Se comenzó con una ratio 1:1 (grasas: proteínas + carbohidratos) y se aumentó progresivamente hasta 2–3:1, buscando ketonas >3,5 mM y glucosa <80 mg/dL. La ingesta energética se ajustó para mantener el peso corporal, priorizando grasas mono y poliinsaturadas propias de una dieta cetogénica mediterránea. El seguimiento incluyó mediciones periódicas del índice glucosa-cetona y evaluaciones clínicas trimestrales (escala ECOG).
Se consideró adherencia satisfactoria cuando el protocolo dietético se mantenía ≥6 meses, y éxito terapéutico cuando la supervivencia alcanzaba ≥3 años.
Resultados principales
De los 18 pacientes, solo 6 pudieron mantener la dieta durante al menos 6 meses. En este subgrupo, cuatro superaron los 36 meses de supervivencia (tres pacientes vivos a 33, 44 y 84 meses; uno fallecido a los 43 meses), lo que equivale a una tasa de supervivencia del 66,7 %. Entre los 12 pacientes no adherentes, solo uno alcanzó los 36 meses; la supervivencia media fue de 15,7 ± 6,7 meses y la tasa de supervivencia a 3 años del 8,3 %. La diferencia absoluta (58,3 %) fue estadísticamente significativa.
Interpretación y cautelas
Aunque los resultados parecen prometedores, existen limitaciones importantes. Comparar 4 pacientes adherentes con 12 no adherentes reduce notablemente la potencia estadística, pese a la significación aparente. No se trata de un ensayo clínico con grupo control ni de un protocolo homogéneo. Además, todos los pacientes eran IDH-wild type, y existían diferencias en quimioterapia y estado funcional.
Estos factores impiden atribuir el beneficio exclusivamente a la dieta cetogénica. Para estudios más sólidos se necesitarán muestras mayores, protocolos uniformes y análisis estratificados por biomarcadores. Para deportistas o personas activas que deseen comprender cómo interactúan las estrategias nutricionales con el metabolismo energético, puede ser relevante el asesoramiento de un nutricionista deportivo en Santiago de Compostela.
Reflexiones finales
A nivel personal, considero que los resultados merecen atención. Aunque 12 de los 18 pacientes no lograron adherirse al protocolo (posiblemente por su condición física o tolerancia al tratamiento), entre quienes sí mantuvieron la dieta se observó un aumento notable de supervivencia y mejor calidad de vida. No obstante, en otros ensayos clínicos se han descrito efectos adversos como pérdida de peso, náuseas, estreñimiento o baja palatabilidad, lo que limita la adherencia a largo plazo.
La evidencia actual sugiere que la dieta cetogénica podría tener cierto potencial como complemento terapéutico en glioblastoma, pero todavía queda mucho por estandarizar y estudiar. Hasta hoy, el GBM es el único tipo de cáncer donde se han observado señales relativamente consistentes. Para quienes buscan orientación profesional continuada en contexto oncológico, un acompañamiento especializado con un nutricionista oncologico puede ser de gran utilidad.